En los últimos días he revisado todos los testimonios de NAZA, un documental sobre los ataques militares israelíes en Gaza. Conseguí los testimonios completos pese al intento de impedir, por ahora, que una copia íntegra llegara a Israel a personas con conocimiento directo del proceso de aprobación de ataques. Los escuché varias veces y comparé sus graves acusaciones con los procedimientos en los que participé y que conozco de primera mano.
Esta página es una traducción del artículo en inglés. Si detecta un término poco claro o impreciso, especialmente militar o jurídico, por favor hágamelo saber.
Llegué a la conclusión de que NAZA no se hizo para establecer la verdad ni para entender cómo funcionaba el proceso de aprobación de ataques. En mi opinión, los cineastas partieron de una conclusión: que Israel había creado un sistema sofisticado y automatizado para matar palestinos indiscriminadamente. Después reconstruyeron los hechos en sentido inverso, convirtiéndolos en acusaciones falsas que encajaran en esa historia.
Así es como la película construye su argumento:
No afirmo haber visto todos los ataques en Gaza ni que todos los entrevistados de la película mientan. Algunos de los incidentes descritos quizá merezcan ser investigados. Pero la película va más allá de afirmar que se cometieron errores. Su tesis central es que así funcionaba el sistema. Mi respuesta es inequívoca: considero que ese relato es una tergiversación deliberada. El sistema no funcionaba así.
Durante mi servicio militar, también en esta guerra, conocí de primera mano los procesos de revisión y aprobación de ataques. Participé en debates sobre la presencia de civiles y rehenes. Conocía las comprobaciones y consultas jurídicas previas a un ataque. Vi decenas de ataques modificados, aplazados o cancelados. Algunos de esos casos y dilemas aparecen en mi libro Matir Asurim, sobre mi servicio en el cuartel general para los rehenes en las semanas posteriores a los ataques del 7 de octubre de 2023.
Una de las principales distorsiones de la película consiste en fusionar deliberadamente, y a menudo sin lógica, etapas distintas: localizar a una persona mediante inteligencia, establecer que una persona o un lugar es un objetivo militar, estimar los posibles daños a civiles, planificar el ataque, aprobarlo y ejecutarlo. Son etapas distintas, a cargo de personas distintas. Los oficiales de inteligencia de la Unidad 8200 no autorizan ataques. Ven solo una parte del panorama. La película presenta esa visión parcial como si fuera el panorama completo.
Establecer que alguien es un objetivo militar es una etapa del proceso, no un permiso para atacarlo. Todavía hay que evaluar el arma, el momento y la forma del ataque, así como los riesgos para civiles y, durante esta guerra, para los rehenes. En los procesos que conocí participaban comandantes, especialistas que evaluaban a la población civil, personal de la Fuerza Aérea, asesores jurídicos y otros. Cualquiera de ellos podía cambiar el plan o detenerlo.
Otra distorsión recurrente tiene que ver con las cifras: un límite máximo de daños colaterales, por ejemplo 20 civiles, o una estimación de que un edificio tenía un 25% de ocupación tras una evacuación. La película trata esas cifras como si reflejaran lo que realmente se había aprobado. La evaluación exhaustiva que seguía a esas cifras iniciales cambia por completo el panorama.
Proteger la identidad de una fuente no elimina la necesidad de corroborar lo que afirma. En este caso, la falta de corroboración no es solo una deficiencia del reportaje. Es lo que permite convertir fragmentos de información de una parte del proceso en una acusación contra todo el sistema.
Una última aclaración antes de examinar las afirmaciones: he omitido una cantidad considerable de información clasificada por motivos de seguridad. En mi opinión, esa información podría refutar aún más los argumentos de los cineastas y revelar otras manipulaciones. Espero que las autoridades competentes encuentren pronto la manera de hacerla pública.
Entrevistador: «¿Cuál es la cifra más alta que recuerdas para un solo ataque?»
Entrevistado: «No puedo decir cuántos murieron, porque nunca lo comprueban, pero había una autorización para 500. Por una sola persona.»
Entrevistador: «¿Quinientos? Es como una ciudad pequeña de Israel.»
Entrevistado: «Sí.»
La película presenta la cifra de 500 como un hecho al principio y enseguida la convierte en una definición de cómo condujo Israel la guerra.
Qué omite la películaEl testimonio no da una fecha, un lugar, un objetivo ni un expediente del ataque. No hay forma de vincularlo con un incidente concreto. Las FDI han negado haber planificado, aprobado o llevado a cabo en Gaza un ataque con una previsión de víctimas civiles de esa magnitud. Las cifras disponibles públicamente, incluidas las basadas en datos del Ministerio de Salud de Gaza, tampoco apuntan a un ataque aislado que se acercara a los 500 muertos.
Una previsión tan elevada habría requerido la aprobación de los más altos niveles del mando militar. Nunca conocí un caso así, y tampoco las personas con las que hablé.
Sin un incidente identificable, una fecha o un resultado, la cifra no demuestra cómo funcionaba el sistema. Lo que hace es plantar en la mente del espectador la imagen de una matanza indiscriminada antes de presentar pruebas que puedan comprobarse.
Entrevistado: «Estuve en reuniones con funcionarios de muy alto rango que hablaban de trasladar a toda la población al norte de Netzarim hacia el sur de Netzarim, sin intención de hacerla regresar, o de crear la máxima presión para que todos se fueran. No les importaba cómo ni por qué... Digamos que tengo este barrio. Lo divido en un montón de cuadrículas pequeñas. Dicen: aquí se ha evacuado a mucha gente, así que usaré el 25% de la ocupación habitual. Aquí se ha evacuado a poca gente, así que será el 50%. Aquí casi nadie ha sido evacuado, así que será el 75%.»
Entrevistador: «Los que se quedaron... Sí. Sí.»
Entrevistado: «Toda la Franja de Gaza está cartografiada así. Básicamente, el mapa tenía verde, amarillo, rojo y blanco para el 100%. En al-Mawasi, por ejemplo, había morado, que indicaba una ocupación de hasta el 300%.»
Entrevistador: «Sí. O sea, todos se dirigen hacia el sur.»
Entrevistado: «Sí. Esa era la dirección... La carretera Salah al-Din, aquí. La suposición general era: bombardeamos edificios en zonas de las que se ha evacuado al 75% de los civiles. Según los algoritmos, el 25% sigue allí. Se suponía que un edificio tardaría como mucho 10-15 minutos en derrumbarse... No sabemos quiénes son. Después no comprobamos qué ocurrió. Sí.»
La película afirma que las FDI cartografiaron Gaza para expulsar a los civiles de las zonas de combate, destruir sistemáticamente sus hogares y dejarlos sin un lugar al que regresar.
Qué omite la películaEs una de las distorsiones más flagrantes de la película y una de las más fáciles de refutar. Su imagen de las FDI quemando casas por placer y matando a sus residentes dentro ignora uno de los esfuerzos más grandes y complejos del ejército durante la guerra, un esfuerzo que exigió enormes recursos y costó vidas.
Desde los primeros días de la guerra, y sobre todo después del inicio de la ofensiva terrestre a finales de octubre de 2023, las FDI trabajaron para sacar a los civiles de las zonas de combate y evitar que sufrieran daños. Participaron miles de soldados y oficiales. Se enviaron millones de mensajes a los residentes. Se cancelaron innumerables ataques y operaciones porque las zonas no habían sido evacuadas.
Pensemos en al-Mawasi, que la película describe como una zona cuya ocupación alcanzó el 300% de la habitual, es decir, con una población tres veces mayor, sin explicar por qué. Esta estrecha franja costera del sur de Gaza había sido designada por las FDI como refugio para los evacuados. Se instalaron zonas de tiendas de campaña y hospitales de campaña; se organizaron suministros de agua, alimentos y medicinas, y se definieron rutas de evacuación. Ese contexto es esencial para cualquier análisis serio de la evacuación.
Trasladar a los civiles fuera de las zonas de combate fue una labor humanitaria de enorme magnitud, respaldada por importantes recursos y destinada a reducir al mínimo los daños a civiles. A mi juicio, presentarla como un intento de perjudicar a civiles inocentes es una falsificación maliciosa.
Entrevistado 1: «No puedo decir cuántos murieron, porque nunca lo comprueban, pero había una autorización para 500.»
En otro momento de la película:
Entrevistado 2: «Se suponía que un edificio tardaría como mucho 10-15 minutos en derrumbarse... No sabemos quiénes son. Después no comprobamos qué ocurrió. Sí.»
Más adelante:
Entrevistado 3: «La oficial señaló a todos los comandantes de compañía. Es decir, señaló las casas de todos los comandantes de compañía del batallón... Hay una persona; tiene un NAZA 13. Y oigo a su hijo viendo la televisión y... ¿Qué hago? ¿Qué hago con esto? Esto es...»
Entrevistador: «Y ese niño es solo un NAZA 1 de los 13.»
Entrevistado 3: «Sí, dicen, con toda la familia allí. Atacaron sus casas por la noche, al mismo tiempo.»
Entrevistador: «Y después está el BDA. Se averigua: ¿estaban allí? ¿No estaban?»
Frases como «nunca lo comprueban» y «después no comprobamos qué ocurrió» sugieren que a los militares simplemente no les importaba quién moría.
Qué omite la películaEl procedimiento habitual de las FDI incluye una revisión exhaustiva de cada ataque. De hecho, más adelante en la película los propios entrevistados describen el BDA y la identificación posterior de las víctimas.
Por mi experiencia, estas evaluaciones eran una parte rutinaria y central del trabajo de la Fuerza Aérea. No afirmo que todos los ataques se investigaran siempre a la perfección. Pero los propios testimonios de la película contradicen la afirmación de que los militares nunca comprobaran lo ocurrido.
La imagen de unos militares totalmente indiferentes depende de la palabra «nunca». Sin embargo, los propios testimonios de la película muestran que sí se hacían evaluaciones.
Entrevistador: «¿Cuánta gente vive en esos edificios?»
Entrevistado: «Si no recuerdo mal, tenían unos cuatro pisos. Eso parecía, más o menos. Cuatro pisos, divididos por la mitad, con una escalera, un ascensor y una entrada interior. Así que salen unos ocho apartamentos por edificio. Ocho apartamentos por cinco personas, por el número de edificios. Parecen unos ocho; en realidad había más. Ya llegas a... 320. ¿Entiendes? Sí, 320. Aunque digas: pongamos solo el 25% de eso. Sí.»
Entrevistador: «Estás suponiendo que solo queda allí el 25% de la gente y por eso aparece en verde.»
Entrevistado: «Sí. Sí. Entonces salen 80 muertos. No son pocos. Y 80 es solo en un barrio. Hay otros cinco o diez.»
Entrevistador: «¿Y cuánto bombardearon de todo eso?»
Entrevistado: «Todo.»
El entrevistado utiliza los colores de los mapas de evacuación para sugerir que se demolieron edificios cuando todavía quedaba dentro una cuarta parte de sus residentes.
Qué omite la películaEs una grave manipulación de las cifras. A mi entender, la conclusión que se extrae no se corresponde con lo ocurrido. El «25% de ocupación» mencionado en la película era en realidad un intervalo: entre cero y 25%. Por tanto, también se marcaban en verde edificios completamente vacíos. Informaciones publicadas, incluidas las de fuentes de Gaza, indicaban que la mayoría de los residentes había sido evacuada tras los esfuerzos de las FDI sobre el terreno.
La película no demuestra en absoluto que quedara dentro el 25% de las familias, ni siquiera el 1%, en los edificios que describe.
Los mapas de evacuación formaban parte del esfuerzo para permitir que las FDI operaran en las zonas urbanizadas de Gaza, donde había cientos de depósitos de armas y miles de terroristas. Aunque los terroristas hicieron todo lo posible por impedir las evacuaciones, las FDI se esforzaron por trasladar a los civiles a zonas humanitarias. Comprobaron las zonas donde operaban, difundieron avisos por megafonía y mensajes de evacuación, y revisaron sistemáticamente los ataques que llevaron a cabo.
Nunca presencié la destrucción indiscriminada de torres residenciales con sus habitantes dentro. En términos más generales, la afirmación de que una ocupación del 25% era el umbral para atacar un edificio habitado no coincide con lo que yo vi.
Entrevistado: «[El sistema] recomienda objetivos.»
...
Entrevistado: «Lavender indica con una precisión del 85% si un número de teléfono pertenece o no a un miembro de Hamás.»
Entrevistador: «Al menos el 15% no son operativos de Hamás.»
Entrevistado: «Sí.»
Más adelante:
Entrevistado: «Quien mató fue quien lanzó las bombas. Quien estableció que el objetivo lo era fue un analista que tomó esa decisión. Y la política sobre el uso de la fuerza la aplicó el oficial responsable.»
La película rodea la palabra «recomendaciones» con imágenes de una tecnología fuera de control. La impresión que deja es que una máquina decidía a quién matar.
Qué omite la películaEn su respuesta, las FDI describieron Lavender como una base de datos de apoyo al trabajo de inteligencia. Que un nombre apareciera en ella no bastaba, por sí solo, para establecer que una persona fuera un objetivo militar. Se necesitaban otras informaciones y comprobaciones. Una precisión del 85% en una herramienta de apoyo no significa que el 15% de las personas atacadas fueran inocentes.
Los propios entrevistados describen a personas tomando decisiones en cada etapa: un analista que establecía la condición del objetivo, un oficial que fijaba las reglas sobre el uso de la fuerza y el personal responsable de las armas.
En los procesos que conocí, la tecnología ayudaba a las personas a encontrar y comprobar información. No decidía quién moriría ni sustituía el proceso de aprobación. Incluso después de validar un objetivo, había que planificar el ataque, evaluar la presencia de civiles y rehenes, elegir el arma y obtener las autorizaciones necesarias.
No se trata de una ambigüedad menor, sino de una contradicción en el centro del argumento de la película. Explota el temor a una máquina futurista y omnipotente que mata indiscriminadamente. Al borrar los pasos entre una recomendación del programa y un ataque real, la película convierte una base de datos y un proceso estructurado de corroboración en una máquina de matar.
Entrevistado: «Se podía bombardear a cualquiera que apareciera en Lavender con un NAZA 20.»
Entrevistador: «Pero cuando autorizas matar a 20 personas por cada operativo de bajo rango, y hay decenas...»
Entrevistado: «Entonces llegas a toda Gaza. Sí, es verdad. No sabía muy bien qué hacer con esa idea. Sí, claro. Por eso, en cierto momento, ya no podía seguir allí. No podía seguir allí y no puedo formar parte de esto.»
Más adelante:
Entrevistado: «Aunque lo llames daño colateral, es una muerte intencionada. Él estaba allí; querías matarlo.»
Entrevistador: «¿Hoy piensas que esto es un genocidio?»
Entrevistado: «Sí. Absolutamente.»
El entrevistador presenta NAZA 20 como una «autorización para matar a 20 personas», lo que prepara el siguiente salto: el entrevistado acepta ese encuadre y concluye por su cuenta que «llegas a toda Gaza». Después, la conciencia de un riesgo para los civiles se convierte en «muerte intencionada» y conduce a la conclusión: genocidio.
Qué omite la películaNAZA es una estimación de riesgo. Un límite máximo de daños colaterales fija el tope que se utiliza en la evaluación; no es un objetivo ni el número real de muertos. En los debates en los que participé, examinábamos quién estaba cerca, si los civiles habían sido evacuados, si podía haber rehenes y qué arma y qué momento se estaban considerando. A menudo se modificaban o cancelaban ataques incluso cuando la estimación estaba por debajo del límite indicado. Esas decisiones solían tener un coste operativo importante.
También importa la distinción jurídica: una estimación de daños colaterales, por sí sola, no demuestra la intención específica que hace falta para probar un genocidio.
Aquí la película no demuestra un hecho. Introduce la conclusión en la pregunta, obtiene un «sí» del entrevistado y presenta tres saltos lógicos como pruebas. Al hacerlo, omite los numerosos pasos que realmente forman parte del proceso operativo.
En las informaciones en inglés, el sistema se conoce como «Where’s Daddy?».
Entrevistado: «Así que los encontramos en sus casas, o en las casas de sus familias, o de sus amantes, o donde sea. “Where’s Daddy?” es realmente un mecanismo para saber cuándo un operativo ha llegado a casa. Conseguimos conectarnos con la familia, que es el objetivo.»
Entrevistador: «¿Y sabes cuándo llegó a casa?»
Entrevistado: «Se hackea el teléfono de una niña de 12 años. Digamos que la niña llama a su madre. “Yamma”, la llama “Raja”. Ese sería el mensaje que activa el mecanismo. Aquí está la raíz “Raja”. Ah, “baba”, papá.»
Un relato sobre la recopilación de inteligencia y la localización de una persona en casa se presenta dramáticamente como un mecanismo que desencadena de inmediato un ataque contra la casa y la familia, sin explicar que localizar a la persona es solo una etapa del proceso.
Qué omite la películaEl relato describe cómo la inteligencia indicó que una persona había llegado a casa. No dice si se había establecido que fuera un objetivo militar, quién más estaba en la vivienda, si había civiles o rehenes, qué arma se había considerado ni quién autorizó el ataque. Tampoco dice si el ataque se llevó a cabo ni cuál fue su resultado.
La película se detiene exactamente donde comienza la evaluación operativa. En los procesos que conocí, un informe sobre la ubicación daba paso a una larga serie de comprobaciones. En muchos casos, esas comprobaciones terminaban con la cancelación del ataque.
La película transforma un aviso de inteligencia en una orden de abrir fuego. El nombre del sistema aporta el dramatismo en lugar de las pruebas que faltan, y el relato no encaja con el proceso que realmente siguen los ataques.
Entrevistado: «La afirmación sobre los escudos humanos y las casas es ridícula, simplemente no es cierta. Los bombardeamos en sus casas porque es allí donde los encontramos.»
El entrevistado presenta dos hechos como si fueran incompatibles: que la inteligencia localizara a operativos de Hamás en sus casas y que Hamás actuara entre civiles y utilizara su presencia como protección.
Qué omite la películaEn su intento de presentar a las FDI como monstruosas, la película pierde de vista la realidad sobre el terreno. Se encontraron terroristas, armas y rehenes en edificios residenciales e instalaciones civiles, incluidos hospitales, escuelas, instalaciones de la ONU y mezquitas. Para quienes conocen Gaza y los métodos de Hamás, esto era un elemento fundamental del campo de batalla. Forma parte de la manera en que combate Hamás.
La actuación de Hamás entre la población civil era una realidad básica de la guerra y una razón central del enorme esfuerzo de las FDI para reducir los daños a civiles. También explica la constante proximidad de los operativos de Hamás a los civiles, la dificultad del proceso de evaluación y la gran cantidad de recursos que se le dedicaron. La película decide ignorar estas cuestiones.
Para presentar la presencia de civiles como una elección israelí, la película borra sistemáticamente las propias decisiones de Hamás sobre cómo combatir, en contradicción con la realidad sobre el terreno. Un aspecto conocido de la guerra se califica de «ridículo» y simplemente desaparece del relato.
Entrevistador: «¿Y no hubo ni una sola persona a tu alrededor que... lo cuestionara?»
Entrevistado: «Ni una sola.»
En otro momento de la película:
Entrevistado: «Esto generó muchos errores... y eso preocupaba a la comunidad de inteligencia desde un punto de vista profesional.»
Las palabras «ni una sola persona» sirven para retratar un ejército uniforme y obediente en el que nadie tenía dudas.
Qué omite la películaEn las salas de coordinación de ataques que conocí, los desacuerdos entre los distintos participantes eran habituales. El proceso de aprobación de objetivos reunía a organismos diferentes, a veces con prioridades casi opuestas, y después se revisaban los resultados. La propia NAZA reconoce, en el testimonio citado arriba, que los errores preocupaban profesionalmente a la comunidad de inteligencia.
Hubo innumerables desacuerdos sobre la aprobación de ataques. Algunos terminaron con la modificación, el aplazamiento o la cancelación de un plan. También se celebraban debates importantes fuera del campo de visión del personal de la Unidad 8200: entre los planificadores de ataques, los especialistas que evaluaban la presencia de civiles, los asesores jurídicos, el personal de la Fuerza Aérea y el cuartel general responsable de los rehenes.
Es posible que el entrevistado no oyera los desacuerdos dentro de su propio equipo, aunque incluso eso me resulta difícil de conciliar con mi experiencia. Pero eso dista mucho de demostrar que en todo el sistema «ni una sola persona» se opusiera. Estoy convencido de que los cineastas conocían esa diferencia. La película la borra porque su relato necesita un ejército sin debate, sin contrapesos y sin nadie dispuesto a decir que no.
Entrevistado: «NAZA. Los ataques que recuerdo: 200. Un alto cargo, no sabemos muy bien dónde se queda. Bombardeamos todos los lugares por los que sospechamos que puede pasar en su día a día. Hablamos de zonas extensas. Digamos que desde aquí hasta aquel edificio: atacamos todo. Un barrio entero.»
En otro momento:
Entrevistado: «La unidad básica es una casa. El sistema de las FDI está organizado por edificios. Hay un número, simplemente un número de serie para cada casa. ¿Una persona por casa? Sí.»
Entrevistador: «¿Para cada planta o cada edificio?»
Entrevistado: «Cada edificio.»
Entrevistador: «Cada edificio.»
Entrevistado: «Sí, y si indican una planta, se concreta más: por ejemplo, edificio 6351, séptima planta.»
La expresión «un barrio entero» se presenta como una descripción factual de la forma de operar de las fuerzas armadas, sin indicar lugar, fecha, objetivo, lista de edificios ni relato de lo ocurrido.
Qué omite la películaPor todo lo que sé, las FDI no operaban de esa manera. La propia película describe en otro momento un sistema que identifica edificios concretos y plantas específicas. Eso no demuestra que todos los ataques fueran precisos. Sí muestra que el proceso trabajaba con objetivos y estructuras definidos, lo que hace muy difícil conciliar el relato del entrevistado con el funcionamiento del sistema.
En los procesos en los que participé, la preocupación por causar daños excesivos limitaba mucho los ataques sobre zonas extensas. Los debates siempre se centraban en un objetivo concreto, en un momento concreto y con un método concreto.
Este relato no coincide con la realidad operativa que conocí. Sin un lugar, una fecha ni más detalles, la expresión «un barrio entero» sostiene todo el argumento. Se presenta como prueba del método militar una imagen que el espectador no puede verificar.
Entrevistado: «Recuerdo la presión y recuerdo el teléfono, como una llamada en conferencia, en altavoz, con la Fuerza Aérea y no recuerdo quién más. Todos decían: “8200, ¿tenemos aprobación? 8200, ¿lo aprobáis?” Nos confundimos con el software y estábamos bajo presión. No conseguíamos encontrarlo. No encontrábamos la ubicación GPS que necesitábamos. Se estaba alargando y ya eran las 8:06 o algo así. No paraban de decir que se acababa el tiempo: estaba previsto para las ocho, así que tenía que ocurrir a las ocho. Entonces, cuando lo encontramos, decían: “Sí, sí, tenemos aprobación”. Y realmente hubo un ataque. Al día siguiente descubrieron que él y toda su familia habían muerto en su casa.»
El pasaje hace que la palabra «aprobación» parezca significar que el personal de la Unidad 8200 decidió atacar al hombre y a su familia.
Qué omite la películaLos cineastas se apoyan en que la mayoría de los espectadores no conoce el proceso de aprobación de ataques. El relato describe la búsqueda de las coordenadas GPS y la confirmación de que la persona estaba en un lugar concreto. Esa es una función de inteligencia. No es la decisión de que esa persona sea un objetivo militar, y mucho menos la autorización final para atacar.
Quien se encarga de confirmar una ubicación puede no tener acceso a la información de inteligencia que establece que alguien es un objetivo, a las consideraciones operativas, a la evaluación de la presencia de civiles ni a las decisiones de los comandantes superiores. Incluso este testimonio menciona expresamente a la Fuerza Aérea y a otras personas implicadas.
La película presenta la confirmación de una ubicación como permiso para matar. Así no funciona el proceso. Esa confusión es precisamente el fundamento del argumento de la película.
Mi preocupación va más allá de las manipulaciones y afirmaciones engañosas de la película. Al ver a los cineastas defender su trabajo en entrevistas, me queda la impresión de que saben lo débiles y cuestionables que son muchas de sus acusaciones, y que por eso se apoyan tanto en los recursos cinematográficos y el impacto emocional.
Revisar los testimonios ha reforzado mi convicción de que la película se hizo para engañar deliberadamente al público, en Israel y sobre todo en el extranjero, y perjudicar la imagen de Israel en lugar de establecer la verdad.
La tesis central de NAZA no es que durante la guerra se cometieran errores o ocurrieran episodios terribles. Es que ese era el sistema: un proceso automatizado que reducía a los civiles a cifras y dejaba que la tecnología decidiera quién vivía y quién moría. Para sostener esa tesis, la película convierte estimaciones en resultados, informes de ubicación en autorizaciones, una base de datos en una lista de personas a eliminar y el testimonio de un eslabón del proceso en una descripción de todo el sistema.
No veo una serie aleatoria de errores. Veo una decisión editorial coherente: una manipulación ejecutada con considerable habilidad cinematográfica. Siempre que el proceso completo complicaría la historia, desaparece. Siempre que una frase anónima puede conmocionar, se queda. Cuando los testimonios se contradicen, la película no se detiene. Pasa a la escena siguiente y deja que la emoción sostenga el argumento que las pruebas no pueden sostener.
En las salas donde participé en estas deliberaciones vi ataques modificados, aplazados y cancelados por la presencia de civiles y por otras consideraciones. La película tiene derecho a criticar esas decisiones. Pero no puede afirmar de forma creíble que ha revelado el sistema después de omitir a casi todas las personas que lo hicieron funcionar, lo revisaron, le pusieron límites y a veces lo detuvieron. Puede estar muy bien hecha, pero no es periodismo de investigación. Se parece mucho más a la propaganda.
Aunque algunos testimonios describan hechos profundamente inquietantes, la película no los utiliza para establecer qué ocurrió. Los usa como materia prima para una conclusión predeterminada. Los cineastas de NAZA no revelaron cómo funcionaba el proceso de aprobación de ataques. No veo muchas señales de que les interesara hacerlo. En cambio, eligieron la representación más perjudicial posible, ignoraron numerosos hechos y recortaron las partes de la realidad que no encajaban en su historia.
No es una investigación que llegó a una conclusión. A mi juicio, es una difamación deliberada disfrazada de investigación.
Un ejemplo del proceso descrito arriba: una desviación del fuego en tiempo real, es decir, la decisión de detener o desviar un ataque antes de que se lleve a cabo
En una entrevista con Ayala Hasson, Miron abordó afirmaciones similares y respondió directamente a preguntas sobre la película y el proceso de aprobación de ataques